martes, mayo 19

Emilio Rabasa y la vida cotidiana en México del siglo XIX

Cuando el padre Hidalgo tomó el estandarte de la Virgen de Guadalupe y se inició la lucha por la independencia de México cambió el modo de hacer política, la manera de comerciar, entre otros aspectos, y poco a poco se consolidó un nuevo país. Sin embargo hubo cosas esenciales que no se modificaron pues la mayoría de la población siguió viviendo prácticamente igual y es que la conformación de un país moderno ha sido un proceso largo y muchas veces penoso.

Pensemos en la religiosidad mexicana, en ella, el barroco y la cosmovisión prehispánica se mezclaron para hacer de la relación con lo divino algo puramente sentimental, tanto, que muchas veces salió del control de los ideológos de la Iglesia. Tal vez por esa razón, al Santo Oficio nunca le faltó trabajo.

En el siglo XVIII las ideas ilustradas se introdujeron en México y algunos personajes intentaron normar las prácticas religiosas de la población porque tanto sentimiento y exageración barrocos les parecían no sólo de mal gusto, sino algo alejado de la búsqueda del bienestar y la felicidad. Los ilustrados encontraban incomprensible la idea de sufrir para llegar a la vida eterna (como los flagelantes y penitentes de Semana Santa), no veían que la cultura popular busca en la religión una suerte de empatía con la divibidad sufriente y calmar sus preocupaciones al refrendar con Dios el pacto de salvación que asegura la supervivencia de todos, además que les trae entre otras cosas, salud y buena fortuna.

Después de la Independencia el liberalismo continuó con las críticas a las prácticas religiosas pues consieraban que eran dañinas para las personas y que sólo fortalecían el poder de la Iglesia frente al Estado y la pugna entre ambas instituciones fue una constante y determinante en la inestabilidad del país durante buena parte del siglo que nos vio nacer como nación.


José Agustín de Arrieta, escena de mercado, óleo sobre tela, siglo XIX

Hasta que los liberales finalmente triunfaron después de la Guerra de Reforma o guerra de los Tres Años (1857-1861), las cosas realmente cambiaron para las mayorías pues verdaderamente se trastocó la vida cotidiana y la religiosidad debió hacerse, por lo menos en lo legal, de una manera privada y discreta pues en México “siempre se halla el modo” y ya para el porfiriato algunos detalles se pasaban por alto. Esta es la situación que relata Emilio Rabasa en su novela corta La Guerra de los tres Años que se publicó en el periodico El Universal en julio de 1891.

El relato transcurre en un pueblito porfiriano “cualquiera” que en este caso se llama el Salado donde se enfrentan la autoridad y las beatas por la celebración de una procesión del santito local; san miguel Arcángel.
El autor contrapone al liberal, adorador de Juárez, piensa que cualquier expresión pública religiosa significa menos preciar la memoria de los mártires de la Guerra de los Tres Años y piensa que la autoridad civil está por encima de todo, incluyendo a los curas y el pueblo que se olvida de ser liberal ante el pretexto de una fiesta religiosa organizada por un grupo de beatas exageradas que no salen muy bien libradas bajo la pluma de Rabasa.

La novela amena incluye varios ejemplos de vida cotidiana decimonónica, pelea de gallos, fiestas de iglesia, juegos hasta la cárcel donde van a dar el cura y el emperifollado santito ante el berrinche de las beatas que llevan el caso ante la esposa del gobernador quien decide resolver el asunto como buen porfirista mediando, paga por otra vía la multa del cura (y san miguel), y promueve a la autoridad local para salir del problema y cuumplir como ra el mandato oficial las leyes de Reforma pero de manera hábil para “ no chocar de frente con los sentimientos arraigados del pueblo”

Me parece que vale la pena buscar esta novelita, la ficha es esta: Emilio Rabasa, La Guerra de los Tres Años, México, Editorial Cultura, 1931, 105pp. Ils.
Yo agradezco a Angélica Velázquez del IIE el préstamo.

2 comentarios:

Princesa de las Islas Fújur dijo...

Qué gran hallazgo este blog. Me encanta.
Ojalá pudiera contactar contigo y platicar. Soy especialista en literatura mexicana del s. XIX y me gustaría charlar contigo.
¡Excelente lo que escribes!

Lorenzia3 dijo...

Leo gente muerta...¡Qué buen título! Es lo que hacemos historiadoras e historiadores. Hablamos con los muertos, los imaginamos, los recreamos, nos ponemos en sus zapatos, incluimos a los excluidos, rescatamos al los olvidados, defendemos a los vilipendiados.
Saludos, colega, desde Cancún, México.

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