martes, octubre 20

Haz de la noche un día. Luz en las calles de la Ciudad de México 1/2

Para nosotros no importa la hora, la vida nunca se detiene a pesar de la noche y lo oscuro que esté, disponemos de miles de watts de energía para iluminar nuestras actividades, por eso existimos miles de personas que trabajamos tarde y nos desvelamos hasta el amanecer, es fácil olvidar valorar la cantidad de energía necesaria para lograr esto y que no siempre fue así. Apenas a principios del siglo XX la Ciudad de México tuvo alumbrado público eléctrico que se percibió como un signo de progreso durante las fiestas del centenario, pero antes de esto la ciudad tuvo pequeñas luces en la oscuridad nocturna, miremos algo de sus antecedentes.



Antes del alumbrado general la vida pública de las personas terminaba al irse el sol , por eso se acostumbraba levantarse al amanecer y aprovechar la luz lo más posible; por las noches las calles quedaban prácticamente vacías, salir era bastante peligroso pues a uno le podía pasar casi cualquier cosa. Los virreyes ilustrados intentaron reformar la ciudad para hacerla más funcional, todo acorde a la modernidad y la razón, por eso en 1777 el entonces virrey Revillagigedo promovió la idea de alumbrar las calles del mismo modo que se hacía en París en esos días, con luz producida por mechas de ixtle o algodón impregnadas de grasa o brea colocadas en la esquina de las calles, el bando indicaba que eran los mismos habitantes quienes debían comprar y mantener las lámparas.


Como era de esperarse no tuvo mucho éxito y la iniciativa fue quedando en el olvido hasta que en 1789 el mismo virrey decidió invertir fondos para esta obra pública de iluminar las calles de la ciudad. Así compraron faroles de vidrio con lamparitas de hoja de lata, mechas impreganadas con aceite de nabo en postes de madera o fierro que se llamaban patas de gallo y tuvieron bastante éxito, tanto que en 1790 se presumía al rey de España su logro de esta manera:

“Desde mañana 4 del corriente estarán alumbradas con los nuevos faroles las calles principales inmediatas al Coliseo al cuidado de un guarda mayor, un teniente y los correspondientes guarda- faroles; los cuales desde las once en adelante dirán la hora que es en alta voz, todos llevarán su nombramiento firmado por el intendente corregidos con expresión en las calles que cuidan, a fin de que siendo conocidos de las patrullas y rondas puedan darles auxilio en caso necesario. Todo lo que prevengo a V. S. Para que disponga que tenga por su parte el más exacto cumplimiento.”


Esta iniciativa estaba acompañada del primer reglamento del ramo donde se indican los deberes del guarda mayor, el teniente y los guarda faroles, que debían ser también guardas nocturnos, una suerte de policía con la obligación de atrapar a los delincuentes y prestar auxilio a los vecinos. Para septiembre se 1790 ya había por la ciudad 1079 lámparas de aceite. Por supuesto el dinero no salía de las arcas reales, las pagaban los impuestos de los novohispanos, específicamente el arancel de tres reales por cada carga de harina que se introducía a la ciudad; esto se inserta dentro de las reformas Borbónicas que terminaron por molestar tanto a los novohispanos que se consideran un antecedente fundamental de la lucha por la independencia.




Así el alumbrado de Revillagigedo duraba de las oraciones del anochecer hasta las 10 de la noche, y no se encendía en las noches de luna llena, pues ésta resultaba en iluminación suficiente para las calles seleccionadas para iluminarse. No podemos olvidar que en las afueras de la ciudad y su periferia la gente mayormente mestiza e indígena no podían acceder a estos lujos de la modernidad.
Para los primeros años de vida independiente después de la guerra y difícil reorganización el servicio de alumbrado había decaído. La ciudad requería entonces, mayor cantidad de luces y mejorar las ya existentes.

En 1830 hubo una iniciativa de establecer el alumbrado de gas, más eficiente y luminoso, como en las ciudades más modernas y hasta se comenzó a negociar un contrato pero se abandonó. En 1834 el gobierno del Distrito Federal convocó a una suerte de licitación para el contrato y entró en conflicto con el ayuntamiento que se encargaba del alumbrado desde 1790. La suprema Corte cedió el control del alumbrado a al gobernador del distrito y el ayuntamiento debió entregarlo en noviembre de 1835. Entregaron 1512 lámparas de las cuales sólo 164 alumbraban toda la noche en los portales y palacio municipal y los demás se pagaban durante las noches de luna llena como era costumbre.
El alumbrado volvió al control del ayuntamiento bien pronto, en 1840 por mal cumplimiento del contrato de gas antes celebrado por el gobernador. Por años la inestabilidad política y social del país detuvieron los planes de alumbrado de gas e incluso los de fluido líquido e hidrógeno líquido cuya instalación nunca llegaba a concretarse.

(continuará...)

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