martes, abril 28

A propósito del borlote epidemiológico, un escudo y Guillermo Prieto (Parte I)

La ciudad de México es definitivamente una sobreviviente, le pasa de todo: epidemias, inundaciones, temblores, gobernantes indolentes, contaminación, y una lista interminable de calamidades que la hacen uno de los puntos más interesantes del planeta. Sus habitantes , los chilangos, que viven debajo del smog (citando a la cumbia de la influenza), están acostumbrado a los problemas, tanto económicos como sociales y por lo cual es difícil ver un acontecimiento que en verdad trastoque la cida cotidiana de la mayoría de los defeños.

Dentro de la actual pandemia de influenza porcina hemos visto varias escenas desconcertantes: estadios de futbol vacíos, lo que sólo eran costumbre para el América últimamente, conciertos cancelados a pocas horas de llevarse a cabo, como el de The Rasmus el viernes pasado, restaurantes, bares, antros y hasta tugurios cerrados, el transporte público semivacío, las compras de pánico con filas interminables en el walmart, ayer me tocó ver cómo la gente llenaba sus carritos con latas y especialmente con garrafones de agua y hasta una procesión del Cristo de la Salud que se aloja en la Catedral Metropolitana, al más puro estilo vireinal con la intención de paliar el sufrimiento y rogarle a Dios detenga el azote de la ciudad en la que además tembló ayer.

Para los historiadores, muy especialmente para aquellos adictos al aspecto cultural es imposible no referirnos a las anteriores crisis sanitarias por las que ha pasado nuestra ciudad: las epidemias que diezmaron a la población indígena inmediatamente después de la llegada de los españoles; la viruela principalmente y otras enfermedades que ocasionalmente atacaban a la ciudad de México.

Existen dos epidemias especialmente memorables la del llamado matlazáhuatl y el cólera morbo. La primera se trata de una derivación de la peste negra europea relacionada al tifo que en 1736 entró a la ciudad de México con los cargamentos de lana de los obrajes y que cobró durante las primeras semanas muchas víctimas en los barrios que por entonces estaban en los límites de la ciudad como la Lagunilla.

Al empeorar la incidencia de la enfermedad, es decir, cuando empezaron a morir las personas dentro de la capital del virreinato, sin importar su condición social o económica las autoridades no se daban abasto pues no se sabía a ciencia cierta qué causaba la enfermedad, auqnue se intuía que el hacinamiento y la falta de higiene no ayudaban a mejorar la situación, el hecho de cambiar hábitos entre la población no es un asunto fácil ni a corto plazo y los conceptos de higiene, salud, ordenamiento urbano, bienestar comunal y privacidad entre otros sólo se consolidarían con la Ilustración al final de ese siglo el XVIII y permearían poco a poco entre la población general hasta finales del siglo XIX y en algunos casos hasta el XX.

Ante la inutilidad de las acciones de las autoridades, cuando la gente veía cómo la “peste” seguía matando recurrieron a la oración y la Iglesia comenzó a armar una suerte de escudo con varias devociones encabezadas por la Virgen de Guadalupe para defender a la ciudad. Esto quedó en el texto Escudo de Armas de México que terminó de dar fama a la Guadalupana como principal intercesora de los mexicanos.

Las procesiones, rogativas y sacrificios tienen como finalidad renovar con Dios el sacrificio de la salvación de manera que continúe y las personas estén a salvo, por eso no es de extrañar que el Cristo de la Salud en catedral salga como en tiempos virreinales y que incluso se apele a otras devociones con cualidades taumatúrgicas e incluso que los fieles ignoren las alertas y vayan a visitar a san Judas Tadeo hoy que es día 28, pues él se encarga de las causas imposibles y ante la histeria colectiva ¿donde más puede recurrir el chilango?


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